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La eternidad como forma de tiempo. El tiempo como forma de vida. La vida como forma de arte. 

Nunca jamás el arte ha sido lo más importante para mí – lo más esencial es su fuente, es decir, la vida misma. Es más, siempre he luchado y sigo luchando contra el arte. Siendo más exacta, diría que es el arte que lucha contra mí misma. El arte intenta demostrarme que importa más que la lluvia en la calle o el cielo nocturno lleno de estrellas.  Pero yo no lo creo. Estamos en una confrontación extraña, complicada e injustificada. El arte me va diciendo “la vida es una encarnación de mí misma” y yo voy respondiendo: “No, eres tú que encarnas la vida”.

Para mí la vida es sagrada. La respeto sinceramente, ya sea la mía propia, o cualquier otra. La vida es a la vez un pequeño mundo personal y un inmenso universo que corre con el tiempo que también es sagrado para mí. Me fascina la capacidad única de un ser humano de sentir el tiempo.  Según los maestros iluminados, esta facultad existe solamente en este mundo. 

Y todo testimonio de esta corriente de tiempo me fascina también. ¿Qué más es el arte sino un testimonio del tiempo, de su camino del inicio hasta un fin que no puede existir? Del “sí” al “no”, del “día” a la “noche”, del “pasado” al “porvenir” y al revés de nuevo.

Como el cambio de las estaciones del año. Como respirar. Como la pulsación de un corazón.

Pulsación. Ritmo eterno del mundo. Es la vida, y la muerte, y la eternidad. Por eso yo no puedo abandonar el arte... O quizás el arte no puede abandonarme... ¿Pero qué me importa? Si la eternidad no tiene ni inicio ni fin. Nos atraemos y nos repelemos a la vez.  Soy como una parte del mundo circundante y este mundo es como una parte de mí. Porque… Soy Dios. Y este mundo es mío.

Dios está en mí. Conmigo. Alrededor de mí.

En el fondo yo no soy pintora. Odio las conversaciones sobre el arte. Desprecio las así llamadas instalaciones artísticas y me anonada hasta la depresión la mayoría de exhibiciones de arte moderno. No puedo y no quiero ajustarme a las tendencias útiles en la pintura. Mo me gusta vestirme de forma ramplona intencionadamente, tomar bebidas alcohólicas en compañía de hombres barbudos de la bohemia artística, estar al corriente de todas las últimas noticias del mercado del arte, o ensuciar mi ropa con disolvente o fumar descuidadamente discutiendo alguna exposición. No me gusta la tinta bajo mis uñas o los cuadros tirados por el suelo. En pocas palabras, no me gustan esos atributos artísticos indispensables tan estimados por mis colegas, aunque tengo sincera simpatía por ellos. De verdad, no entiendo absolutamente como he llegado a ser una creadora con todo mi deseo de conocer el mundo. Pues un creador es quien crea, igual que un conocedor es quien aprende. Considerando mi sincera pasión por lo esotérico, mi profesión de pintora se volverá inexplicable en términos lógicos. Lo esencial es que nunca el arte me ha importado más que otras cosas. Me importa más la sonrisa de un niño, una taza de café descafeinado por la mañana, un libro serio o unas nubes en la ventana. Se cree que un pintor no puede abstenerse de crear. Mas yo sí que puedo. Me basta sentir los espíritus del bosque, jugar con animales y sentir el olor de la tierra mojada. Soy consumidora. Uso el mundo para mi disfrute y no doy nada a cambio. Excepto el amor. Pero es precisamente el arte que me salva en los períodos más difíciles de mi vida. Es el arte lo que me da fuerza y sentido. Es fiel a mí como el silencio, que según Confucio no te traicionará nunca jamás. Y yo, por mi parte, también soy fiel al arte. Es el arte que me lleva del fondo a la superficie y me deja hacer un tomar una nueva bocanada de aire...

Soy introvertida. Contempladora. 

Siempre perdono a todos. Yo sé que es estúpido, pero no puedo portarme de otro modo.

Respeto. Como principio. Respetar a otros, su mundo interior. Sus deseos. Generalmente respeto otra vida (sea  la de un hombre, animal, insecto o árbol). Tengo respeto infinito por la libertad personal de cada criatura.

Hay algo idealista, libresco y de hidalgo en mi concepción del mundo. Que también es estúpida. Pero ya me he conformado. Acepto a esta mujer, es decir, a mí misma, tal como es. Al fin y al cabo, es solamente una versión de mi encarnación presente. Lo más importante es la libertad de elegir.
Y ahora el arte...

Amo:
La Vida.
Las Fuerzas Superiores.
Lo esotérico, la historia y la filosofía.
A los niños y a los ancianos.  
Amo los animales. Los mamíferos. Los pájaros. El pez. Los reptiles y los anfibios. Pequeños y grandes. Fríos y calientes. Molestos y agradables. Cuidados y malolientes. Confiados y cautelosos. Cubiertos de pelo o pelados. Con hocicos mojados, con picos, plumas o escamas. Los amo a todos. Porque son lo mejor que tenemos al lado.
Me gusta el cuerpo humano. Me fascina su estructura. Un mecanismo fenomenal y universal. Conjunción fantástica por su complejidad y belleza de huesos, músculos, sistemas sanguíneo, nervioso y otros. Todo esto puede funcionar coordinadamente. Es más, puede funcionar por reflejos. Me fascina que pueda funcionar independientemente. Sin nuestra intervención. Respirar, llevar la sangre, producir los elementos necesarios. Pero por encima de todo me fascina el acto del nacimiento de cuerpos nuevos. Una cosita diminuta, una cosita microscópica con un rabillo penetra en otra cosa sin rabillo y así se crea un cuerpo nuevo… ¡un hombre nuevo con un conjunto de cualidades, ya acabado! ¡Es un milagro! ¡Un acto de la Creación Divina! ¡Y esta obra perfecta se completa con el Espíritu. Se desarrolla una personalidad nueva! ¡Incomprensible!
Me encanta el bosque, las montañas y el mar. Son los tres componentes de la felicidad.
Me gusta la honradez… ya que es muy importante en general. Y la sinceridad como una particularidad de honradez.
Me gusta hacer feliz a los que amo.
 

 

Me gustan las voces femeninos bajas y el soprano ligero de los cantantes de ópera.
Me gusta contemplar los signos del paso del tiempo y la podredumbre – casas abandonadas, cadáveres de insectos, fósiles, utensilios caseros viejos. Piedras y conchas de monstruos marinos.
Me gustan las mujeres.. las mujeres con ojos claros y con pelo oscuro. La delgadez y las bocas anchas. La delicadeza. Me gustan las espaldas femeninas. Me gustan las mujeres altas.
Me gustan los hombres.. los hombres con manos secas. La parte del cuello, desde las orejas hasta la clavícula. La respiración discontinua en estado de exaltación... Las voces masculinas... Amo el contacto visual.
Me gusta contemplar a un hombre durmiendo. Y su aspecto al despertar.  Blando y caliente. Me gustan sus manos morenas al final de las mangas blancas de su camisa. Jerséis con chaquetas. La cara confusa de un hombre viendo a su mujer llorar. Me gusta contemplar a un hombre con sus amigos… apasionado de algo.
Me gusta la habilidad de ambos sexos de admitir su culpa y pedir perdón…
Me gusta la inteligencia. Y el sentido de humor. Me excitan.
Me gustan las largas sombras que forma el sol por la tarde, el olor de hierbabuena, los jardines cerrados. La Edad Media. 

Me gusta todo lo relacionado con las coníferas. El olor, las piñones, las raíces en la arena calentada por el sol, las agujas largas, las piñas y el color ámbar de la cáscara. 
Me gusta gente abierta y “natural”... con todas sus debilidades, miedos, necesidades, emociones y carisma.
Me gusta leer hasta el amanecer, el sonido de un avión lejano, descansar desnuda sobre una ropa de cama fresca y limpia, el olor de la ciudad nocturna en verano, los instrumentos musicales exóticos… la velocidad en general...
Me gusta el anochecer. La magia y los milagros. Creo en los  espíritus del bosque, los gnomos y los elfos.
Me gusta la “z” española y el Martini blanco. 
Me gusta cuando hace frío, sol y viento.
Me gusta cuando hombres y mujeres de edad hablan de su pasado y sonríen. Me gusta cuando alguien les necesita de verdad. 
Me gustan las armas... espadas, dagas, cuchillos, lanzas...
Me gustan las chimeneas… el fuego abierto en general... La combinación de piedra y madera en la arquitectura.  Las construcciones de metal con pernos, las estaciones de tren del inicio del siglo pasado... Estar sentada en alfeizares amplios de pisos altos. Contemplar rascacielos por la noche.
Me gustan las bocas de los niños en el proceso de dentición definitiva.
Me gusta la música clásica. Y la música de los años 50. Me gusta la ópera por las capacidades que tiene la voz humana. Me gusta el ballet por las capacidades que tiene el cuerpo humano.
Me gustan las superficies de madera groseras y pulidas por el tiempo. Las mañanas grises y calientes. Envolverme en una manta de lana. Las rosas por su color rojo oscuro. Los jacintos por su olor.
Me gustan las faldas largas. Los castillos en ruinas.
Tener a un hombre de la mano o abrazarle por detrás.
Me gusta la primavera europea temprana. El otoño seco y de sol en cualquier país.
El olor de los aceites esenciales. Plantar árboles. El cielo cuando hay tormenta. 
Me gusta cuando en la madrugada fresca de sol sale volando de debajo de mis pies una banda de palomas asustadas. Me gusta el sol después de la lluvia.
Me gustan las mujeres con vestidos de noche clásicos y con peinados lisos. 
Me gusta ver gente de edad mojar sus galletas en el té.
Me gusta el azul intenso del cielo. Castaños de París. Los miradores y las norias en ciudades desconocidas. Las cuevas grandes. El olor del ferrocarril. Los trenes. La crème brûlée. Dormir con la ventana abierta. El sonido de la lluvia. Las tempestades y los huracanes. Los ojos de los gatos de perfil.
Me gustan los copos de nieve grandes. El Año Nuevo.
Me gusta el taxi de Nueva York. Las vueltas en helicóptero por encima de Manhattan. El Museo de Isabella Gardner y el Parque Central en Boston. Copley Square por Navidad. Patinar a lo largo de Charles River Basin. Las tabernas griegas. Las viejecitas vestidas de negro. El pequeño pueblo de San Nicolás en Creta.

Me gusta Seefeld en el Tirol austríaco, Berlín por la madrugada en verano, los tranvías de Frankfurt del Mein, la plaza Trocadero en París, navegar por el Sena cuando llueve y casi no hay pasajeros. Me gustan los canales de Amsterdam y dar arenque a gaviotas. Me gusta el jardín botánico de Copenhague. Me gusta Girona en otoño y Barcelona en primavera. La montaña de Montjuïc, la Avinguda del Litoral y el Museo Nacional del Arte de Cataluña (MNAC).

Me gusta el Faro de San Sebastián cerca de Llafranc a cualquier hora y en cualquier estación del año. La crepería Bretonne en la calle de Cort Reial y el parque de la Devesa en Girona.

Me encanta Londres, simplemente por lo que es. Y Moscú, porque es mi ciudad natal.

Me gusta el olor de la tinta. El café con nata. Las casas de ladrillo rojo... Las fuentes. Abrazarse desnudos. Los girasoles. Las fotos ajenas viejas. Gritar en voz alta en la cumbre de una montaña. Hacer dibujos en los cristales cubiertos de vaho. El sonido del contrabajo en una sala de conservatorio vacía. Los fuegos artificiales. Los escarabajos griegos, verdes, dorados, enormes. Los dibujos animados de Miyazaki. Los museos de escultura antigua. Respirar al cuello de un hombre cuando hace frio. Jugar con animales. La fresa. Contemplar la lengua de signos. Los zapatos de tacones altos. Las vidas y destinos ajenos.

Me encantan los libros. El chapoteo de la lluvia en los charcos. Me gusta cuando los niños apagan las velas en una tarta el día de sus cumpleaños. Ese mismo instante. Sus caras.

Me gusta leer en los bares... 
Me gusta el eco. La canela. La niebla. Los caminos desiertos. Las botellas de cristal azul.
Me gusta sentir que las palabras pronunciadas tienen algún sentido. Y sean creíbles.

 

© Daria Latour, 2011-2012